Hay veces que un jazz me hace ir disipando los momentos oscuros y pasar a otro lugar del momento, un lugar con una sonrisa, una de esas que salen cuando has vivido algo que te ha hecho aprender, esas sonrisas de compresión iluminada de las cosas. Me gusta la música de la bohemia, y quizás cuantos sufren por cosas peores que yo y hacen más por ellos mismos o por otros, así que supongo deberé alegrarme aunque sea o no un final, que se puede estar triste pero sin separar eso de la felicidad, porque no son contrarias, son parte de lo mismo. Definitivamente, esta música me hace vivir el presente, distinto de olvidar el pasado: el pasado no se debe olvidar, se debe concatener dentro de sí como una escuela, como un libro único tuyo, lo que te hace ser ahora. Me siento orgulloso de recibir las embesitdas de los ciegos, de poner la otra mejilla -y eso que no me considero creyente-, en el peor de los casos esto se deberá tolerar, pero probablemente eso no sea necesario en este instante en que mis oídos se inundan con la cálida percusión de las congas. No seré cómo los demás. Es amable la música conmigo, nunca me traiciona, me acompaña en todas las diversidades de mi sentimiento. La música llega donde las palabras no pueden.
Es nuevamente calmada la marea, cómo una serpiente llevada por el sonido de la flauta, me dejo ir con los acordes menores y mayores más sus acompañamientos rápidos y contrapuntos, con las percusiones y su latido, con los bajos y su sonido de vientre.
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