Se me ha perdido el cuaderno
y mi lápiz ha quedado mudo
debe estar entre mis cosas,
entre mis papeles. He decidido buscarlo.
En la búsqueda
encontré una espalda cansada
y como no era la mejor superficie
la volví a dejar donde estaba.
Luego se colocó sobre mis manos
una lágrima pura y diamante:
me conmovió, pensé que podría
ser un buen reemplazo, una pecera.
La sostuve por mucho tiempo,
me gustó, pero no era lo que buscaba
y decidí dejarla en el vaso, en las cuerdas
en la tinta de un bolígrafo.
Hasta que encontré mi cuaderno,
empolvado y olvidado,
brillaron mis ojos,
se levantó mi pecho,
sonreí con alivio,
lo puse en mi velador,
me desvestí y me acosté
hasta mañana en la mañana.
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