Las teclas esperan en su inercia, esperan los juegos de un niño pisando una línea del pavimento, las pisadas en la vereda como si fuesen trastes. Es senoidal la intensidad de los sonidos, oscilan y ululan, elevan. Una mota de polvo se divisa en un rayo de sol. Las pupilas se reducen.
Hay un grupo de clorofilas que saludan con verdes resaltantes porque el aromo así lo ha querido, porque los charcos entre el mal concreto y las piedras lo han querido, entre emeregntes empalizadas que, como monolitos, nos indican y nos llaman al pasaje iluminado durmiente: dos perros jugando. La visión desde la tierra, desde lapiedra redonda, del árbol recinoso ámbar, de alforjas guradianes de luz.
Amarillo, en el aire siempre amarillo y en la tierra: verdes claros y rojizos cafés derramados.